El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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—¿Cuánto qué?

—Azufre.

—Una tonelada. ¿De acuerdo?

Bensington se afianzó los lentes con mano trémula de determinación.

—Bien —murmuró muy secamente.

—¿Lleva dinero en el bolsillo? —preguntó Cossar.

—Cheques.

—¡Al cuerno los cheques! Es posible que no lo conozcan. Pague al contado. Es obvio. ¿Dónde está su banco? Bien. Entre al pasar por allí y saque cuarenta libras… en billetes y en oro.

Otra meditación.

—Si dejamos esta tarea a los funcionarios públicos dejarán todo Kent hecho un guiñapo —dijo Cossar—. Bueno, ¿hay algo más? ¡No! ¡¡Eh!!

Alargó una enorme mano hacia un cabriolé que se detuvo convulsivamente ansioso de servirlo

—¿Coche, señor? —preguntó el cochero.

—Evidentemente —dijo Cossar; y Bensington, aún sin sombrero, bajó desmañadamente los peldaños y se preparó a subir en el coche.

—Me parece —dijo con una mano puesta en la manta de cuero del cabriolé y echando una repentina mirada a las ventanas de su piso— que debería decírselo a mi prima Jane…


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