El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —¡Pero, hombre! ¡Piense en su ropa! —exclamó Redwood—. Y cuando haya crecido del todo será como un Gulliver solitario en un mundo de pigmeos.
La mirada de Bensington, por encima de la montura de oro de sus lentes, estaba preñada de intención.
—¿Por qué solitario? —preguntó con voz opaca—. ¿Por qué solitario?
—¿Pero usted no va a proponer…?
—He dicho —explicó Bensington con la complacencia propia del hombre que acaba de pronunciar una buena frase, llena de significado—: ¿Por qué solitario?
—¿Quiere decir que se podrÃa criar a otros niños?
—No quiero decir nada más allá de mi pregunta.
Redwood empezó a andar de un lado para otro.
—¡Por supuesto! —dijo—. Se podrÃa… ¡Pero asà y todo! ¿A dónde vamos a llegar?
Evidentemente, Bensington disfrutaba con su actitud de elevada indiferencia intelectual.
—Lo que más me interesa de todo, Redwood, es pensar que su cerebro, en la cúspide de su persona, también se encontrará, según la lÃnea de mi raciocinio, a unos diez metros y medio por encima de nuestro nivel… ¿Qué ocurre?
Redwood estaba de pie, apoyado en la ventana, mirando el anuncio del carruaje distribuidor de periódicos que iba traqueteando calle arriba.