El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Exacto. Y si les gusta importunarnos con procuradores y picapleitos y obstrucciones legales y poderosÃsimas consideraciones del orden de la tontera, hasta que se haya obtenido una gran diversidad de especies gigantes de sabandijas ya bien establecidas… Las cosas siempre han sido embrolladas, Redwood. ¿No le parece?
Redwood trazó en el aire una lÃnea retorcida y complicada.
—Y nuestro interés radica en este momento en su hijo.
Redwood dio media vuelta y se acercó a su colaborador mirándolo fijamente.
—¿Qué piensa usted de él, Bensington? Usted puede mirar esta cuestión con más imparcialidad que yo. ¿Qué voy a hacer con él?
—Pues seguir alimentándolo.
—¿Con Heracleoforbia?
—Con Heracleoforbia.
—Pero asà crecerá mucho…
—Crecerá, según lo que yo puedo calcular de las gallinas y avispas, hasta alcanzar la altura de diez metros y medio… con todo lo demás en proporción…
—¿Y qué hará entonces?
—Eso es precisamente —repuso Bensington— lo que hace que el experimento sea tan interesante.