El alimento de los dioses
El alimento de los dioses El tren salía a las tres y cinco, y Cossar llegó a Charing Cross a las tres menos cuarto para encontrar a Bensington en acalorada discusión con los policías y su cochero, y con Redwood en la oficina de embalajes, enredado en alguna complicación técnica sobre sus municiones. Todo el mundo pretendía hacer ver que no sabía nada o que no tenía autoridad para resolver nada, de aquel modo tan peculiar en los empleados de la Compañía del Sudeste cuando se dan cuenta de que uno lleva mucha prisa, porque no saben nada, o porque no tienen autoridad.
—¡Es una pena que no se pueda fusilar a todos estos empleados y poner aquí un lote nuevo! —remarcó Cossar exhalando un suspiro.
Pero el tiempo era demasiado limitado para ejecutar nada fundamental, y así Cossar, sin hacer caso de esas controversias menores, logró desenterrar en algún oscuro escondrijo lo que puede que fuera y puede que no el jefe de estación, fue de un lado a otro de la estación, llevándolo agarrado del brazo y dando órdenes en su nombre, y salió de la estación con todo el mundo antes de que aquel digno funcionario se hubiese dado cuenta cabal de las infracciones a los reglamentos y de las costumbres más sagradas que se estaban cometiendo.
—¿Quién era ése? —preguntó el supuesto jefe de estación, acariciándose el brazo al que Cossar se había agarrado y sonriendo cejijunto.