El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Era un caballero, señor —dijo un mozo de cuerda—. Él y sus amigos viajan en primera.
—Bien, hemos arreglado sus cosas con rapidez… sean quien fueren —dijo el supuesto jefe frotándose el brazo con algo aproximado a la satisfacción.
Y al volverse lentamente, pestañeando bajo la desacostumbrada luz del dÃa, hacia aquel digno retiro donde los altos empleados de Charing Cross se refugian de las inoportunidades del vulgo, sonrió aún al recordar su poca acostumbrada energÃa. Era una revelación gratificante de sus propias posibilidades, a pesar del calambre del brazo. En aquel momento deseaba que hubiera sido posible que algunas de esas personas comodonas que critican la dirección de los ferrocarriles le hubiesen podido ver.