El alimento de los dioses
El alimento de los dioses A las cinco de la tarde aquel asombroso Cossar, sin ninguna apariencia de prisa, había sacado de la estación de Urshot todo su material de lucha contra el Engrandecimiento insurgente y lo había puesto en ruta para Hickleybrow. En Urshot había comprado dos barriles de parafina y una carga de ramalla seca; abundantes sacos de azufre, ocho fusiles para caza mayor con su correspondiente munición, tres armas ligeras de retrocarga, con perdigones, para las avispas, un hacha pequeña, dos hoces, un pico y tres palas, dos rollos de cuerda, algunas botellas de cerveza, soda y whisky. Una gruesa de paquetes de polvos raticidas y provisiones de boca para tres días que habían venido de Londres. Todas estas cosas las había mandado en un vagón de heno y otro de carbón, del modo más natural del mundo, excepto los fusiles y municiones que había acondicionado debajo de un asiento del birlocho del Red Lion, destinado a transportar a Rewood y a los cinco hombres escogidos que habían llegado a Ealing a requerimiento de Cossar.