El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Cossar condujo todas aquellas transacciones con un aire de naturalidad invencible, a pesar de que Urshot estaba presa de pánico a causa de las ratas y todos los carreteros tuvieron que ser pagados con tarifas especiales. Todas las tiendas del lugar estaban cerradas, apenas se veía un alma por la calle, y al llamar a una puerta lo que se abría era una ventana. Cossar pareció que consideraba que la transacción de los negocios desde las ventanas fuese un método enteramente legítimo y justificado. Finalmente, él y Bensington se acomodaron en el carro del Red Lion y se pusieron en marcha con el birlocho para alcanzar el equipaje, cosa que consiguieron pasado el cruce de carreteras, y así llegaron los primeros a Hickleybrow.
Bensington, con un fusil entre las piernas, sentado al lado de Cossar en el carro, fue desarrollando un asombro largamente germinado. Todo lo que estaban haciendo era, sin duda, tal como insistía en decirlo Cossar, lo único que evidentemente debía hacer, sólo que… ¡Es tan raro que en Inglaterra se haga lo único que evidentemente debe hacerse! Recorrió con la mirada a su vecino, desde los pies hasta las audaces manos que sostenían las riendas. Al parecer, Cossar no había conducido nunca hasta entonces, y estaba guardando la línea de menor resistencia por el mismo centro de la carretera, inducido sin duda por alguna idea propia seguramente práctica, pero ciertamente poco usual.