El alimento de los dioses
El alimento de los dioses «¿Por qué no hacemos todos lo que es práctico? —pensó Bensington—. ¡Cómo andarÃa el mundo si todos lo hicieran!
Vamos a ver, por ejemplo, ¿por qué no hago yo un montón de cosas que me consta que estarÃan muy bien hechas, cosas que yo precisamente quiero hacer? ¿Será que todo el mundo es asÃ, o es algo peculiar de mà mismo?». Y se enfrascó en complicadas especulaciones sobre la Voluntad. Pensó en las complejas futilidades de la vida cotidiana, y en contraste con ellas las sencillas y manifiestas cosas que uno debiera hacer, las agradables y espléndidas cosas que habrÃa que hacer, y que ciertas influencias increÃbles no nos permitirán hacerlas nunca. ¿La prima Jane? Percibió que la prima Jane era un factor muy importante en aquella cuestión, por alguna razón sutilÃsima y difÃcil de aclarar. ¿Por qué motivo, después de todo, tenemos que comer, beber, dormir, permanecer solteros, ir a tal sitio, abstenernos de ir a tal otro, por deferencia a la prima Jane? Ella se volvÃa simbólica sin dejar de ser incomprensible…
Un portillo y un sendero a campo traviesa le llamaron la atención y le trajo a la memoria aquel otro dÃa feliz, tan reciente en el tiempo y tan remoto en sus emociones, cuando habÃa ido caminando desde Urshot a la Granja Experimental para ver los pollos gigantes…
El destino juega con nosotros.
—¡Arre, arre! —dijo Cossar—. Prepárense.