El alimento de los dioses

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Era avanzada la tarde, sin un soplo de aire, y el polvo formaba una capa espesa en la carretera. Había muy poca gente visible, pero los ciervos, al otro lado de la empalizada del parque, pacían en completa tranquilidad. Vieron un par de grandes avispas despojando un grosellero silvestre en las afueras de Hickleybrow, y otra que se estaba paseando arriba y abajo sobre el cristal del escaparate de una pequeña tienda de comestibles en la calle del pueblo, buscando entrar. El tendero era vagamente visible en el interior; llevaba una escopeta en la mano, y vigilaba atentamente los esfuerzos del insecto. El conductor del carricoche se detuvo frente al local de los Jolly Drovers, informando a Redwood de que su parte del contrato quedaba cumplida.

En esta cuestión fue inmediatamente apoyado por los conductores del coche y del carro. No sólo sostuvieron todo lo dicho, sino que se negaron a que los caballos siguieran hasta más lejos.

—Esas ratas grandes se enloquecen por los caballos —iba repitiendo el carretero.

Cossar examinó el alcance de la controversia durante un momento.

—Saquen todo fuera del carricoche —dijo, y uno de sus hombres, un mecánico alto, rubio y sucio, obedeció.

—Déme ese fusil —dijo Cossar.

Y a continuación se colocó entre los carreteros.


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