El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —No necesitamos más de ustedes —concedió—, pero necesitamos los caballos. Pueden protestar lo que les venga en gana.
Ellos empezaron a discutir, pero Cossar siguió hablando.
—Si intentan atacarnos, les dispararé contra las piernas en defensa propia. Los caballos continuarán su camino.
Y dio el incidente por terminado.
—Súbase al coche, Flack —ordenó a un hombrecillo tieso como un alambre. Y a otro—: Boon, encárguese del carro.
Los dos carreteros estallaron de indignación.
—Han cumplido ustedes con su deber para con sus patrones —dijo Redwood—. Quédense en este villorio hasta nuestro regreso. Nadie se los echará en cara, puesto que nosotros estamos armados. No queremos hacer nada que sea injusto ni violento, pero la ocasión no admite demoras. Si algo ocurriera a los caballos, los indemnizaré enteramente.
—Ya está bien —dijo Cossar, que raras veces hacÃa promesas.
Dejaron el carricoche, y los hombres que no conducÃan siguieron a pie. Cada hombre con su fusil. Era la más rara expedición que pudiera contemplarse en una carretera provincial inglesa, más parecida a una expedición yanki en pos del viejo Oeste de los indios.