El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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—Había una en los pinos esta mañana… cazando conejos, eso creemos.

Cossar se inclinó un poco, y aceleró el paso para alcanzar a los demás.

Bensington, al volver a ver la Granja Experimental, pudo calibrar el vigor del Alimento. Su primera impresión consistió en ver la casa más pequeña de lo que creía, mucho más pequeña; su segunda impresión fue la de tener que constatar que toda la vegetación situada entre la casa y el pinar se había desarrollado extraordinariamente. El tejadillo sobre el pozo sobresalía un poco en medio de matorrales de hierba de una altura de dos metros y medio, y la enredadera amarilla se enroscaba alrededor de la chimenea y gesticulaba con sus tiesos zarcillos en dirección al cielo. Sus flores eran unas vividas manchas amarillas, distintas y perfectamente visibles como motas separadas a casi una milla de distancia. Un gran cable verde se había enroscado alrededor y a través de los grandes cercados de alambre del gallinero, echando retorcidos tallos cubiertos de hojas alrededor de los majestuosos pinos. A mitad de la altura de éstos llegaba el seto de ortigas que daba la vuelta por detrás de la cochera. Al irse acercando, todo iba tomando el aspecto, cada vez más acentuado, de una incursión de pigmeos a una casa de muñecas olvidada en el rincón de un gran jardín.


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