El alimento de los dioses

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Vieron que había un gran tráfico de idas y venidas en el avispero. Un enjambre de formas negras se entrelazaba en el aire, por encima del rojizo cerro más allá del pinar, y de vez en cuando una de las avispas partía hacia el firmamento a una velocidad increíble, elevándose hacia cierto objeto lejano. Su zumbido podía oírse a un kilómetro de distancia de la Granja Experimental. En una ocasión uno de los monstruos listados de amarillo descendió hacia ellos, quedando suspendido en el espacio durante unos momentos y mirándolos con sus grandes ojos, pero ante un disparo poco efectivo de Cossar, salió disparado como una flecha. En un rincón del campo, a la derecha y a bastante distancia, algunas avispas arrastraban algo por el suelo, y por la roída osamenta de lo que constituía probablemente los restos del cordero que las ratas llevaron a rastras desde la granja de Huxter. Los caballos se fueron impacientando a medida que se acercaban a aquellas bestias. Ninguno de los que formaban parte del grupo era experto en la conducción de caballerías, y tuvieron que destinar a un hombre para cada caballo, con la misión de llevarlo del ronzal y atentarlo de viva voz.

Nada pudieron ver de las ratas al aproximarse a la casa, y todo parecía estar perfectamente quieto excepto el creciente y decreciente «juzzzzzzZZZ, juuuuzuuuu» del avispero.


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