El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Llevaron los caballos hasta el patio, y uno de los hombres de Cossar, al ver la puerta abierta —la parte central de la puerta habÃa sido roÃda por completo—, se metió en la casa. Nadie lo echó de menos por el momento, ya que los demás se hallaban ocupados con los barriles de parafina, y la primera noticia que tuvieron de su separación del grupo fue la detonación de su fusil y el zumbido de un proyectil. «Bang, bang», dispararon los dos cañones, y la primera bala, a lo que parece, traspasó el barril de azufre destrozando una duela en el punto de salida y llenando la atmósfera de polvo amarillo. Redwood, que no habÃa soltado su fusil, disparó contra algo grisáceo que pasó brincando por su lado. Le quedó la imagen de los anchos cuartos traseros, el largo rabo escamoso, y las alargadas plantas de las patas traseras de una rata, y disparó otra vez. Vio como Bensington caÃa, mientras el animal desaparecÃa a la vuelta de la esquina.
Entonces, durante un buen rato, todo el mundo estuvo ocupado disparando. Durante tres minutos las vidas se vendieron baratas en la Granja Experimental, y las detonaciones de los fusiles llenaron la atmósfera. Redwood, excitado y sin prestar atención a Bensington, salió en persecución de lo que fuere, y fue derribado por una masa de fragmentos de ladrillos, mortero, yeso y listones podridos que le cayeron encima volando al atravesar una bala la pared.