El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Se encontró sentado en el suelo, con sangre en las manos y en los labios, y una quietud que se extendía a su alrededor.
Entonces, una voz sin ningún matiz exclamó desde dentro de la casa:
—¡Ehhh!
—¡Hola! —exclamó Redwood.
—¡Hola! ¿Qué tal? —contestó la voz, y añadió—: ¿La han cogido?
El deber de la amistad resucitó en Redwood.
—¿Está herido el señor Bensington? —preguntó.
El hombre del interior no lo oyó bien.
—Nadie tiene la culpa si no lo estoy —dijo la voz desde adentro.
Redwood advirtió con claridad que era posible que hubiera herido a Bensington. Se olvidó de los cortes en la cara, y levantándose penetró en el edificio para encontrarse con Bensington sentado en el suelo y frotándose el hombro. El científico lo miró por encima de los lentes.
—La hemos acribillado, Redwood —explicó—. Intentó saltar por encima de mí y me derribó. Pero yo le di con ambos cañones, y ¡caramba! ¡por la forma que me duele estoy seguro de que me ha herido en el hombro! Un individuo apareció en el umbral.