El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Le he metido una bala en el pecho y otra en el costado —dijo.
—¿Dónde están los carruajes? —preguntó Cossar apareciendo en medio de una espesura de hojas gigantes de la enredadera amarilla.
Se hizo evidente, ante la estupefacción de Redwood, primero, que nadie había resultado herido, y que, segundo, el birlocho y el carro se habían desviado unos cincuenta metros y se hallaban, con las ruedas atascadas, entre las enredadas distorsiones del huerto de Skinner. Los caballos habían cesado de tirar. A mitad de la distancia, el roto barril de azufre yacía en el sendero, con una nube de polvo sulfúreo planeando por encima, Redwood se lo indicó a Cossar y se dirigió hacia el lugar.
—¿Alguien ha visto a esa rata? —gritó Cossar siguiéndolo—. Le di un tiro en las costillas, y otro en pleno hocico, al revolverse contra mí.
Otros dos hombres se les unieron mientras intentaban desatascar las ruedas.
—Yo he matado a la rata —dijo uno de ellos.
—¿La han cogido ya? —preguntó Cossar.
—Jim Bates la ha encontrado detrás del seto. Le di en el mismo momento de doblar la esquina… La bala entró por detrás del hombro.