El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Cuando las cosas volvieron a estar un poco en orden, Redwood fue a contemplar el gigantesco y deforme cadáver. La bestia yacÃa de costado, con el cuerpo levemente doblado. Sus dientes de roedor, sobresaliendo de su mandÃbula hundida, daban a aquella cara un aspecto de debilidad colosal, de enclenque avidez. No parecÃa en absoluto ni feroz ni terrible. Sus patas delanteras recordaban unas manos flacas y consumidas. Exceptuando un limpio agujero redondo de bordes chamuscados, a ambos lados del cuello, la bestia estaba absolutamente intacta. Redwood meditó sobre este hecho durante algún rato.
—Debieron ser dos ratas —dijo, por fin, alejándose.
—SÃ. La que fue acribillada por todos escapó.
—Estoy seguro de que mi tiro…
Un zarcillo de enredadera amarilla, atareado con aquella misteriosa búsqueda de un sostén que constituye el oficio de un zarcillo, se inclinó amablemente hacia el cuello de Redwood, y le hizo dar un presuroso salto a un costado.
—Juu-z-z-z-z-z-z-z-Z-Z-Z —se oyó en el distante avispero—. Juu-uu-zuu-uu.