El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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Dieron un gran rodeo alrededor de las ortigas gigantes, porque estos enormes hierbajos los amenazaban con espinas envenenadas de cerca de tres centímetros de largo. Luego, al dar la vuelta al roído y desmantelado portillo, un poco más allá, se encontraron súbitamente con la enorme garganta cavernosa de las más occidental de las ratoneras, maloliente sima que les hizo ponerse muy juntos y en hilera.

—Espero que saldrán —dijo Redwood dando una ojeada al cobertizo del pozo.

—Si no salen… —reflexionó Bensington.

—Saldrán —afirmó Redwood.

Se quedaron meditando.

—Si nos metemos dentro tendremos que conseguir algún tipo de luz —dijo Redwood.

Subieron por un pequeño sendero de blanca arena a través del pinar, y en seguida se detuvieron al divisar el avispero.

El sol se iba al ocaso, y las avispas regresaban a su hogar en busca de refugio; sus alas, bajo la dorada luz poniente, formaban veloces halos que giraban a su alrededor. Los tres hombres se quedaron acechando desde abajo de los árboles —no se sentían con ánimos para ir hasta el confín del bosque— y permanecieron observando cómo aquellos tremendos insectos descendían y se arrastraban unos pasos para entrar en el avispero y desaparecer.


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