El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Éste dijo que «evidentemente» debían transportar el azufre, el nitrato y el yeso a través del bosque antes del crepúsculo, y a este efecto descargaron y transportaron los sacos. Después de los gritos necesarios para dar las instrucciones preliminares, no se pronunció ni una sola palabra, y al irse amortiguando el zumbido de las avispas en el avispero, apenas podía oírse otra cosa en el mundo que no fuesen las pisadas, el pesado respirar de los hombres cargados y el ruido sordo de los sacos al ser descargados. Se hicieron turnos para realizar aquella tarea en la que colaboraron todos excepto Bensington, manifiestamente inútil para estos menesteres. Se quedó de centinela en el dormitorio de los Skinner, con un rifle en la mano, vigilando la carcasa de la rata muerta, mientras los demás siguieron con los turnos para descansar del transporte de los sacos y para quedar de guardia en parejas vigilando las ratoneras desde detrás del ortigal. Los sacos polínicos de las ortigas estaban maduros, y de vez en cuando la velada se animaba con su dehiscencia, y el estallido de los sacos sonaba como un disparo de pistola; entonces los granos de polen, grandes como perdigones, resonaban a todo su alrededor.