El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Bensington permanecía sentado detrás de su ventana en un sillón tapizado con cuero de caballo, el respaldo cubierto con una harapienta funda que había dado un toque de distinción al salón de los Skinner durante buenos años. Dejó apoyado el rifle en el alféizar de la ventana, mientras sus lentes vigilaban, en la creciente tiniebla, a veces la oscura masa de la rata muerta y otras veces vagaban a su alrededor en curiosa meditación. Se olía un poco a parafina porque uno de los barriles rezumaba, y este olor se mezclaba con el menos desagradable procedente de la tronchada y aplastada enredadera.