El alimento de los dioses
El alimento de los dioses En el interior, cuando Bensington volvió la cabeza, le llegó una mezcla de sutiles olores domésticos: cerveza, queso, manzanas podridas y calzado viejo como temas principales; le trajeron reminiscencias de los desaparecidos Skinner. Contempló durante un buen rato la habitación sumida en la penumbra. Los muebles habían sido muy desordenados —quizá por parte de alguna rata inquisitiva— pero una chaqueta colgada de una percha detrás de la puerta, una navaja de afeitar junto a unos sucios pedacitos de papel y un trozo de jabón que, gracias a innumerables años de desuso, se había endurecido en una especie de cubo, recordaban la distintiva personalidad de Skinner. Se le ocurrió a Bensington, con una sensación de completa novedad, que, con toda probabilidad, el hombre aquel había sido muerto y devorado, al menos en parte, por el monstruo que ahora yacía muerto, allí, en la oscuridad.
¡Y pensar a lo que puede conducir un descubrimiento químico aparentemente inofensivo!
Allí estaba él, en la tranquila Inglaterra, y, no obstante, bajo la inminencia de infinitos peligros, con un fusil, en una casa medio derruida iluminada por el crepúsculo, alejado de cualquier comodidad y con el hombro espantosamente magullado por el retroceso del fusil, y… ¡por Júpiter!