El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Se dio cuenta entonces de lo profundo que el orden del universo habÃa cambiado para él. Se habÃa metido directamente en aquella pavorosa aventura, ¡sin decir una palabra de ello a su prima Jane!
¿Qué estarÃa pensando de él?
Intentó imaginárselo y no pudo. Se sintió invadido por la extraordinaria sensación de que ella y él se habÃan despedido para siempre y de que jamás volverÃan a encontrarse. Tuvo también la impresión de que habÃa dado un paso en un mundo de nuevas inmensidades. ¿Qué otros monstruos serÃan capaces de esconder aquellas espesas tinieblas…? Las extremidades de las ortigas gigantes se destacaban, tajantes y negras, contra el fondo ámbar y de un verde diluido del cielo occidental. Todo se hallaba muy quieto, quieto de veras. Se preguntó por qué no oÃa a los demás que se hallaban a la vuelta de la esquina de la casa. La penumbra de la cochera era ya de un negro abismal.
¡Bang…! ¡Bang…! ¡Bang…!
Una secuencia de ecos y un grito.
Un largo silencio.
¡Bang!, otra vez, y una disminución de ecos.
Quietud.
Luego, ¡gracias a Dios!, Redwood y Cossar surgieron de la oscuridad, y Redwood lo llamaba:
—¡Bensington…! ¡Bensington…! ¡Hemos cazado otra rata!… Cossar liquidó otra rata.