El alimento de los dioses

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En lo que al avispero se refiere, encontraron la tarea muy fácil, asombrosamente fácil. Excepto del hecho de ser una labor prolongada, no fue más serio de lo que habría sido con un avispero corriente. Hubo peligro, sin duda alguna, peligro de muerte, pero nunca llegó a materializarse en aquella portentosa ladera. Embutieron el azufre y el salitre, enyesaron a conciencia los agujeros y prendieron fuego al combustible. Luego, en un común impulso, todo el grupo —excepto Cossar— dio media vuelta y echó a correr a través de las alargadas sombras de los pinos; viendo que Cossar se había quedado atrás, se detuvieron apiñándose a una distancia de un centenar de metros, al lado de una zanja muy conveniente que podría servir de refugio. Durante uno o dos minutos, la noche bañada por el resplandor lunar, todo blanco y negro, se llenó de un sofocado zumbido, que fue elevándose hasta convertirse en una especie de rugido, en una nota profunda y sostenida, que, después de su culminación, fue amortiguándose y murió; y entonces, de un modo casi increíble, la noche quedó silenciosa.

—¡Por Júpiter! —exclamó Bensington—. ¡Ya está!




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