El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Todos prestaron atención. La ladera, por encima de los negros encajes de las sombras de los pinos, parecía tan clara como de día y tan incolora como la nieve. El yeso, secándose en los agujeros del avispero, brillaba. El desgarbado corpachón de Cossar se dirigió hacia ellos.
—Hasta ahora… –empezó a decir Cossar.
¡Crac…! ¡Bang…!
Un disparo desde cerca de la casa, y luego… silencio.
—¿Qué fue eso? —preguntó Bensington.
—Una de las ratas que habrá asomado el hocico —supuso uno de los hombres.
—A propósito; nos hemos dejado las armas allá arriba —dijo Redwood.
—Sí, al lado de los sacos.
Todo el mundo echó a andar montaña arriba otra vez.
—Deben de ser las ratas —dijo Bensington.
—¡Evidentemente! —repuso Cossar, mordisqueándose las uñas.
¡Bang!
—¡Ehhh! —exclamó uno de ellos.