El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Entonces, bruscamente, se oyó un grito, dos disparos, otro grito mucho mayor que era casi un alarido, tres disparos en rápida sucesión, y un ruido de madera que se astilla. Todos estos ruidos se percibieron muy claramente, como elementos muy pequeños dentro de la inmensa quietud de la noche. Luego, durante algunos momentos no se oyó nada, sino una breve confusión sorda procedente de la dirección de las ratoneras, y luego, otra vez, un aullido salvaje… Cada uno de los hombres echó a correr en busca de sus fusiles.
Dos disparos.
Bensington se encontró, fusil en la mano, andando dificultosamente por entre los pinos, detrás de unas cuantas espaldas que retrocedían. Lo curioso es que su idea principal en aquel momento estaba centrada en el deseo de que su prima Jane pudiese verlo. Sus botas bulbosas y cortajeadas se movían desacompasadamente dando grandes zancadas y su rostro estaba contorsionado por una permanente sonrisa forzada, ya que así se le arrugaba la nariz y podía mantener los lentes en su sitio. Tenía la boca del arma de fuego proyectada horizontalmente frente a él, mientras iba transitando por la cuadrícula iluminada y sombreada por la luz de la luna. El hombre que había echado a correr se encontró con el grupo corriendo a toda velocidad… ¡Había perdido su fusil!
—¡Eh! —dijo Cossar tomándole en sus brazos—. ¿Qué pasa?