El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Salieron todas juntas —contestó el hombre.
—¿Las ratas?
—Sí. Seis.
—¿Dónde está Flack?
—Abajo.
—¿Qué dice? —jadeó Bensington, pero nadie le prestó atención.
—¿Flack está abajo?
—Cayó… Salieron una tras otra.
—¿Qué?
—Una acometida. Disparó con los dos cañones.
—¿Y ha abandonado a Flack?
—Se nos echaron encima.
—¡Vamos! —ordenó Cossar—. Usted se viene con nosotros. ¿Dónde está Flack? Enséñenos el sitio.
El grupo entero comenzó a avanzar. Otros detalles de la refriega fueron surgiendo de la boca del fugitivo. Los otros se apiñaban a su alrededor, excepto Cossar que iba en cabeza.
—¿Dónde están?
—Habrán vuelto a sus madrigueras, quizá. Yo me escapé. Las ratas echaron a correr hacia la entrada de la ratonera.
—¿Qué quiere decir? ¿Ustedes dos estaban quizá detrás de ellas?