El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —No hay tiempo que perder —dijo Cossar. Y gritó—: ¡Flack…! —mientras seguÃa andando a la cabeza del pelotón. Avanzaron hacia las ratoneras con el hombre que habÃa escapado en la retaguardia del grupo. Se adelantaron por entre los enormes hierbajos y dieron un pequeño rodeo para no tropezar con el cadáver de la segunda rata muerta. Se extendieron formando una lÃnea sinuosa, cada hombre apuntando con su fusil, escrutándolo todo bajo la clara luz lunar en busca de alguna silueta sospechosa, de alguna ominosa forma agazapada. Encontraron el seguida el fusil del hombre que habÃa echado a correr a escape.
—¡Flack! —gritó Cossar—. ¡Flack…!
—Echó a correr por entre las ortigas y se cayó —confesó el hombre que habÃa huido.
—¿Dónde?
—Por allá.
—¿Dónde cayó?
El hombre vaciló y los condujo a través de las alargadas sombras negras durante un trecho. Luego se volvió.
—Creo que por aquÃ.
—Bueno, pues ahora ya no está.
—Pero ¿y su fusil…?
—¡Maldición! —exclamó Cossar—. ¿Dónde habrá ido?