El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

Dio un paso hacia las negras sombras de la ladera que ocultaban las ratoneras y se quedó mirando fijamente. Luego volvió a soltar un terno.

—¡Si se lo han llevado a rastras…!

Durante unos momentos se quedaron sin hacer nada, comunicándose con fragmentos de ideas. Los lentes de Bensington brillaban cómo diamantes al fijar la mirada en sus acompañantes. Los rostros de los hombres cambiaban de una fría claridad a una misteriosa oscuridad, según se pusieran de cara o a espaldas a la luna. Todo el mundo hablaba, pero nadie completaba una frase. Entonces, Cossar, bruscamente, tomó una decisión. Empezó a agitar los brazos en todas direcciones y a lanzar órdenes como si fueran perdigones. Era evidente que necesitaba lámparas. Todos, menos Cossar, se dirigieron hacia la casa.

—¿Se va usted a meter en las ratoneras? —preguntó Redwood.

—Evidentemente —dijo Cossar.

Precisó una vez más que necesitaba que le trajeran los faroles del carro y el coche.

Bensington aprovechó la ocasión y echó a andar por el sendero del pozo. Miró por encima del hombro y vio la destacada y gigantesca figura de Cossar, como si estuviese contemplando las ratoneras pensativamente. Ante aquel espectáculo, Bensington se detuvo un momento y se volvió. ¡Estaban todos abandonando a Cossar…!


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