El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Toda aquella escena se desarrolló en medio de sombras brumosas; los tres monstruos atacantes se veían exagerados e irreales debido a la claridad de la luz. En ciertos momentos Cossar parecía un coloso y en otros momentos se hacía invisible. Las ratas pasaron por el campo visual dando súbitos e inesperados saltos o corriendo con un movimiento rápido de las patas que más parecían ir sobre ruedas. Todo sucedió en menos de medio minuto. Nadie lo vio, excepto Bensington, que podía oír a los demás retrocediendo aún hacia la casa. Gritó algo inarticulado y echó a correr hacia Cossar, mientras las ratas desaparecían.
Lo alcanzó en la entrada de las ratoneras. Bajo la luz de la luna las sombras que constituían el semblante de Cossar demostraba una calma absoluta.
—¡Hola! —le dijo—. ¿Ya de vuelta? ¿Dónde están los faroles? Todas han vuelto a sus madrigueras. Le rompí el cuello a una que me pasó por delante… ¿Ve usted? ¡Allí! —Y señaló con su dedo descarnado.
Bensington se hallaba demasiado estupefacto para poder seguir la conversación…