El alimento de los dioses

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Pareció interminable el tiempo que tardaron en llegar los faroles. Por fin aparecieron, primero un ojo de firme luminosidad, y precedido de un oscilante resplandor amarillento, y luego, centelleando y brillando irregularmente, otros dos. A su alrededor venían unas pequeñas figuras con sus correspondientes vocecillas, y luego unas sombras enormes. Este grupo proyectó una especie de foco de luz sobre el gigantesco paisaje onírico bañado por los rayos de la luna.

—¡Flack! —iban diciendo las voces—. ¡Flack!

Una frase luminosa salió a flote.

—Se habrá encerrado en el desván.

Cossar iba siendo cada vez más excepcional. Sacó de alguna parte unos grandes puñados de algodón en rama y se tapó con ellos los oídos… Bensington se preguntó por qué. Luego cargó su fusil con una cuarta parte de una carga de pólvora. ¿Quién otro habría podido pensar en ello? El país de maravilla culminó con la desaparición de las suelas de las botas de Cossar por la madriguera central.


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