El alimento de los dioses

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Cossar iba a cuatro patas con dos fusiles, que arrastraba a ambos lados, sujetos por un cordel que le pasaba por debajo del mentón, y su ayudante de confianza, un hombrecillo moreno de facciones graves, tenía que ir detrás de él doblado por la cintura y sosteniéndole un farol por encima de la cabeza. Todo se había proyectado de un modo tan cuerdo y apropiado como el sueño de un loco. El algodón en rama, según parece, tenía por objeto evitar la conmoción del rifle. El hombre que seguía a Cossar también se había puesto algodón en los oídos. ¡Evidentemente! Mientras las ratas huyeran de Cossar no podría acaecerle daño alguno, y si daban media vuelta y se dirigían directamente a él, vería sus ojos y dispararía apuntando entre medio de ellos. Como que tendrían que pasar por el cilindro de la madriguera, Cossar no podía fallar el tiro. Insistió en que éste era el método evidente, quizás algo fastidioso, pero absolutamente seguro. Al inclinarse el ayudante para entrar, Bensington vio que un ovillo de bramante estaba sujeto a los faldones de su chaqueta. Por este ovillo tenía que tirar del bramante, si se hiciera necesario arrastrar hacia fuera los cadáveres de las ratas.

Bensington se dio cuenta de que el objeto que sostenía en la mano era el sombrero de Cossar.

¿Cómo había llegado allí…?

Sería recuerdo suyo, al menos.


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