El alimento de los dioses

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En cada una de las salidas adyacentes había un pequeño grupo con un farol iluminando la madriguera correspondiente, y uno de los hombres se hallaba arrodillado, apuntando al redondo vacío que se abría ante él, como si esperara que de allí surgiera algo.

Se hizo un silencio interminable.

Luego oyeron el primer disparo de Cossar, como una explosión en una mina…

Los nervios y los músculos de todos se pusieron tensos al oírlo, y ¡bang!, ¡bang!, ¡bang! Las ratas habían intentado escapar y dos más habían muerto. Después, el hombre que sostenía el ovillo indicó una sacudida.

—Ha matado a una y quiere el bramante —dijo Bensington.

Se quedó observado cómo el bramante penetraba en la ratonera, y le pareció como si se hubiese animado de repente con una inteligencia oscura porque la oscuridad lo hacía invisible. Por fin dejó de arrastrarse y se hizo una larga pausa. Luego, lo que a Bensington le pareció ser un monstruo rarísimo salió arrastrándose lentamente del agujero y se revolvió en el pequeño espacio saliendo de espaldas. Después de él, y haciendo profundos surcos en el suelo, aparecieron las botas de Cossar, y a continuación su espalda iluminada por el farol…


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