El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Sólo quedaba una rata viva, y la infeliz, sentenciada a muerte, se ocultaba en los rincones más apartados de la ratonera, hasta que Cossar entró de nuevo y la mató. Por último, Cossar, el hurón humano, volvió a hacer una inspección general para asegurarse.
—Ya las tenemos —dijo a sus asombrados compañeros—. Y si yo no hubiese sido un tonto de capirote me habría desnudado hasta la cintura. Evidentemente. ¡Tóqueme las mangas, Bensington! Estoy empapado de sudor. No se puede pensar en todo. Únicamente una media borrachera de whisky me salvará de un resfriado.