El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Hubo momentos durante aquella noche maravillosa en que a Bensington le pareció que la naturaleza habÃa organizado para él una vida de fantásticas aventuras. Esto se hizo patente durante la hora siguiente a su ingestión de un whisky muy fuerte.
—Ya no volveré a Sloane Street —confió al mecánico alto, rubio y sucio.
—No, ¿eh?
—Por nada del mundo —afirmó Bensington.
El esfuerzo de haber arrastrado las siete ratas muertas hasta la pira a través del ortigal lo habÃa bañado en sudor y Cossar le indicó la evidente reacción fÃsica que le producirÃa el whisky si querÃa salvarse del resfriado, de otro modo inevitable. Hubo una especie de cena de bandoleros en la vetusta cocina embaldosada, con la hilera de ratas muertas que yacÃan bajo la luz de la luna contra el gallinero. Después de una media hora de descanso, Cossar los incitó a emprender de nuevo el trabajo para terminar lo que aún restaba por hacer.
—Evidentemente —dijo—, habrá que limpiar el lugar… Nada de desperdicios… nada de escándalo, ¿eh?
