El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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Les animó con la idea de hacer la destrucción completa. Rompieron y astillaron todos los fragmentos de madera que pudieron encontrar en la casa; talaron senderos allí donde brotaba la vegetación gigante; hicieron una pira para las ratas muertas y las empaparon en parafina.

Bensington trabajó como el más activo de los peones. Alcanzó un climax de alborozo y de energía hacia las dos. Cuando, en plena destrucción, blandía el hacha, el más valeroso huía de su proximidad. Un rato después se apaciguó algo, debido a la transitoria pérdida de sus lentes, que fueron hallados al fin por otra persona en el bolsillo de la chaqueta del propio Bensington.

Los hombres iban de un lado para otro a su alrededor… decididos y enérgicos. Cossar se movía entre ellos como un dios.

Bensington apuró esa deliciosa camaradería que es privativa de un ejército feliz o de una recia expedición, pero nunca de aquellos que viven la sobria vida de las ciudades. Después que Cossar le quitó el hacha y le encargó que acarreara madera, estuvo andando de un lado para otro diciendo que todos eran unos buenos chicos. Siguió por este estilo aún mucho tiempo después de notar las primeras señales de fatiga.


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