El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Por fin estuvo a punto y comenzaron a regar todo con la parafina. La luna, desprovista ya de su magro cortejo nocturno de estrellas, brillaba en lo alto, por encima de la aurora naciente.
—Quemémoslo todo —dispuso Cossar yendo de una parte a otra—. Quemémoslo todo… Déjenlo arrasado, ¿entienden?
Bensington se fijó en él, tétrico y horrible bajo el pálido alborear del dÃa, precipitándose con la mandÃbula saliente y una antorcha encendida en la mano.
—¡Lárguese de ahÃ! —exclamó alguien, tirando del brazo de Bensington.
La quietud de la aurora, pues allà no habÃa pájaros que cantaran, se llenó de pronto de una tumultuosa crepitación; una pequeña llama rojiza recorrió la base de la pira, se transformó en azul al entrar en contacto con el suelo, y se puso a trepar, hoja por hoja, tallo arriba de una ortiga gigante. Un ruido cantarino se mezcló con la crepitación…
Los hombres cogieron sus fusiles de uno de los rincones de la sala de estar de los Skinner y todo el mundo echó a correr. Cossar se fue tras ellos dando grandes zancadas…