El alimento de los dioses
El alimento de los dioses La opinión pública, siguiendo sus misteriosas leyes de selección, lo había escogido como solo y único responsable Inventor y Promotor de esta nueva maravilla. La opinión pública no quería ni oír hablar de Redwood, y sin la menor protesta permitió que Cossar, siguiendo sus impulsos naturales, se desvaneciera en una oscuridad terriblemente prolífica. Antes de que se diera cuenta del derrotero que llevaban las cosas, Bensington se encontró, como si dijéramos, desnudo y disecado en los periódicos. Su calvicie, su particular coloración rosada y sus lentes con montura de oro se habían transformado en posesiones nacionales. Unos cuantos jóvenes resueltos, provistos de grandes y lujosas cámaras fotográficas y de un aire de completa autoridad, tomaron posesión del piso durante breves pero provechosos períodos, disparando sus luces de magnesio que por muchos días llenaron la atmósfera de densos e intolerables vapores, y luego se retiraron para llenar las páginas de las revistas sindicadas con admirables retratos de Bensington, en su casa, luciendo una de sus mejores chaquetas y las acuchilladas botas. Otras personas de ademanes decididos y de diversos sexos y edades se presentaron en su casa para explicarle cosas sobre el Alimento Estrella (fue el Punch el que lo denominó por primera vez de esa manera) y reproducir después lo que ellos habían dicho como si fuera la contribución original dada por Bensington a la entrevista. Aquello llegó a ser una verdadera obsesión para Broadbeam, el Humorista Popular. Olió en aquello otra de esas malditas cosas que no podía comprender y se esforzó empeñosamente por hacer caer todo el asunto en el ridículo. Se lo podía ver en los clubs, como una voluminosa y torpe presencia, con las marcas de sus desvelos puestas de manifiesto en su ancha cara innoble, explicando a todo aquel a quien podía importunar: