El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Meras naderÃas, claro. Pero como usted ve… Caterham lo trata con una gravedad perfecta. Trata este asunto como si fuera un ataque. Dice que ya se malgasta bastante dinero público en las escuelas elementales, sin el alimento ése. Repite de nuevo los viejos chistes sobre las lecciones de piano, ¿sabe usted? Dice que nadie desea impedir que los niños de las clases humildes tengan la educación apropiada a su condición, pero que darles un alimento de esta suerte serÃa destruir completamente su sentido de la proporción. Y amplia el tópico. ¿Qué beneficio se sacarÃa, pregunta, con dar a las gentes humildes una altura de once metros? Porque él cree, realmente, que tendrÃan once metros de altura.
—Asà serÃa —repuso Bensington— si se les diera nuestro alimento regularmente. Pero nadie dijo nada…
—Yo dije algo…
—¡Pero, querido Winkles…!