El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Tan pronto como adviertan que la niña crece sin parar.
—A menos que, siguiendo la costumbre… echen tierra al asunto.
—HabrÃa que echar mucha tierra.
—Bastante.
—¿Y qué van a hacer?
—Nunca hacen nada… Tacto real.
—Pero se verán obligados a hacer algo.
—Acaso sea ella quien lo haga.
—¡Oh, Dios mÃo! ¡Vaya!
—Y la suprimirán. Cosas parecidas han sucedido.
Redwood se echó a reÃr con grandes carcajadas.
—¡La realeza redundante…! ¡El niño descomunal de la máscara de hierro! —dijo—. ¡Tendrán que ponerla en la torre más alta del viejo castillo de Weser Dreiburg, y abrir boquetes en el techo de los diferentes pisos, a medida que vaya creciendo…! Bien, yo también estoy metido en el lÃo. Y Cossar y sus tres chicos. Y… bueno, bueno…
—Habrá un lÃo mayúsculo —repitió Bensington sin contagiarse de la risa del otro—. ¡Un lÃo mayúsculo…!