El alimento de los dioses
El alimento de los dioses «Supongo que usted ha pensado detenidamente en eso, Redwood. ¿Está usted seguro de que no serÃa más sensato advertir a Winkles, y usted, por su parte, destetar a su hijo menor gradualmente, y… confiar en el Triunfo Teórico?
—Quisiera que usted viniese a pasar media hora en mi casa, en el cuarto de los niños, cuando el Alimento llega con un poco de retraso —dijo Redwood con cierto tono de exasperación—, y no hablarÃa usted asÃ. Además… advertÃrselo a Winkles. ¡No! La marea de este asunto nos ha cogido de sorpresa, y tanto si nos da miedo como si no… ¡tenemos que nadar!
—Asà será, supongo —dijo Bensington mirándose las puntas de los pies—. SÃ. Tenemos que nadar. Y su hijo tendrá que nadar, y los chicos de Cossar… ¡porque se lo ha dado a los tres! Cossar no está para medias tintas… ¡O todo o nada! Y su Alteza SerenÃsima. Y todo. Nosotros continuaremos fabricando el Alimento. Cossar también. Estamos sólo en los albores del comienzo, Redwood. Es evidente que van a ocurrir toda clase de cosas. Cosas grandiosas y monstruosas. Pero no puedo imaginármelas, Redwood. Excepto…
Se contempló las uñas. Levantó la vista hacia Redwood, y lo miró a través de las gafas, blandamente.