El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Padda bueno, bueno —solÃa decir cuando veÃa pasar ante él la vajilla y otros artÃculos frágiles.
«Padda» era su equivalente de Pantagruel, mote que el mismo Redwood le habÃa impuesto. Y Cossar, haciendo caso omiso de ciertas lumbreras que al poco tiempo causaron problemas, después de un conflicto con las autoridades locales y sus reglamentos de vivienda, edificó en un solar adyacente a la casa de Redwood una confortable y bien iluminada sala de recreo, a la par que escuela y dormitorio, para los cuatro chicos, sala cuya planta tenÃa la forma de un cuadrado de dieciocho metros de lado por doce de altura.
Redwood se enamoró de aquella sala para los niños, mientras él y Cossar la estaban edificando, y su interés en las curvas se desvaneció, como nunca hubiera ni soñado que pudiera desvanecerse, ante las urgentes necesidades de su hijo.
—Es muy importante —decÃa— esto de acomodar un cuarto para los niños…
«Las paredes, las cosas que hay en él, todo esto le hablará a esta nueva mentalidad creada por nosotros, con más o menos elocuencia, y le enseñará o dejará de enseñarle millares de cosas.
—Es obvio —decÃa Cossar apresurándose a coger su sombrero.