El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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Vio como el señor Carrington se agachaba en el orilla de la charca apoyándose con la mano en el vetusto tronco del aliso y mirando el agua, pero claro está que no pudo apreciar la sorpresa y el placer con que contempló las grandes y extrañas burbujas y filamentos de las algosas heces en el fondo. No había renacuajos visibles —ya habían sido muertos todos por entonces—, y, según parece, no vio allí nada extraño aparte de una vegetación excesiva. Se remangó hasta el codo e, inclinándose, sumergió el brazo en busca de un ejemplar. Su inquisitiva mano fue hasta el fondo. Instantáneamente algo brilló saliendo de la fresca sombra debajo de las raíces del árbol…

¡Flash! El bicho aquél hincó sus mandíbulas profundamente en el brazo de Carrington… un animal de forma extraña, de más de treinta centímetros de largo, de color castaño y articulado como un escorpión.

Su feísima apariencia y el dolor agudo y sorprendente de su picadura fueron demasiado para el equilibrio de Carrington. Sintió que se iba a desvanecer, profirió un grito agudo y, ¡sptash!, cayó de boca en la charca.

El muchacho vio cómo desaparecía, y oyó el chapoteo y su lucha dentro del agua. El desdichado personaje surgió de nuevo en el campo visual del muchacho, sin sombrero, chorreando agua y chillando.


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