El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Nunca había oído el muchacho chillar a un hombre.
Aquel asombroso forastero pareció como si se estuviera arrancando algo de un lado del rostro, donde aparecieron unas estrías sangrientas. Braceó desesperadamente, dio saltos en el aire como si estuviera atacado de frenesí, echó a correr violentamente diez o doce metros y luego cayó, revolcándose en el suelo y desapareciendo de la vista del muchacho.
Éste bajó los peldaños y saltó por el seto, afortunadamente con las tijeras aún en la mano. Al pasar entre las plantas, rompiéndolas, dice que estuvo a punto de volverse atrás temiendo tenérselas que haber con un lunático, pero la posesión de las tijeras le dio confianza.
—En todo caso, hubiera podido pincharle los ojos —explicó.
En cuanto Carrington le echó la vista encima, su actitud se transformó inmediatamente en la de un hombre cuerdo, pero desesperado. Con grandes esfuerzos pudo ponerse de pie, tropezó, se irguió y se acercó al muchacho.
—¡Mira! —exclamó—. ¡No me las puedo quitar!