El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Y sintiendo un mareo ante aquel horror, el muchacho vio que, pegadas a la mejilla del hombre, a su brazo desnudo y a su muslo, y azotándole la carne furiosamente con sus ágiles y musculosos cuerpos de color castaño, habÃa tres de aquellas horribles larvas, con sus grandes mandÃbulas hincadas profundamente en la carne y chupando con ahÃnco. Estaban allà agarradas como bulldogs y los esfuerzos de Carrington para desprender aquel monstruo de su cara sólo habÃan servido para lacerar la carne donde se habÃa agarrado, haciendo chorrear un vivido escarlata por el rostro, el cuello y la chaqueta.
—Se los voy a cortar, señor —exclamó el muchacho—. Aguante un poco.
Y con la afición de los de su edad para tales procedimientos, cercenó una por una las cabezas de los atacantes de Carrington.
—¡Yap! —iba diciendo el muchacho cada vez que caÃa una de las cabezas.
Asà y todo, se habÃan agarrado con tanta fuerza y determinación, que las cabezas, incluso cercenadas, quedaron aún durante algún tiempo mordiendo fieramente la carne y chupando una sangre que se les escurrÃa por el corte del cuello. Pero el muchacho dio fin a eso con unos cuantos tijeretazos más… en uno de los cuales, por cierto, resultó lesionado el propio Carrington.
—¡No podÃa quitármelas! —repitió Carrington.