El alimento de los dioses

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Y durante un buen rato permaneció tambaleándose y sangrando con profusión.

Se tocó las heridas con manos débiles y examinó el resultado en las palmas. Luego se le doblaron las piernas y cayó desvanecido a los pies del muchacho y entre los cuerpos aun coleantes de sus descalabrados enemigos. Afortunadamente, no se le ocurrió al muchacho la idea de rociarle la cara con agua —aun quedaban unos cuantos más de aquellos horribles bichos debajo de las raíces del aliso— sino que dio la vuelta a la charca y se introdujo en el jardín con la intención de pedir auxilio. Allí encontró al jardinero, que también hacía las veces de cochero, y le relató lo sucedido.

Cuando volvieron donde se hallaba Carrington, éste ya se había incorporado y se hallaba sentado en el suelo, débil y aturdido, pero en condiciones de advertirles del peligro de la charca.






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