El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Están desembarazándose de todos los obstáculos —dijo Cossar—. Si no incendian el edificio, vendrán hasta aquÃ. Las tropas no llegarán a lo mejor hasta dentro de una hora. El cincuenta por ciento de los manifestantes son malvivientes, y en cuantos pisos penetren tanto más les va a gustar. Evidentemente… Quieren limpiarlo todo. Usted póngase estas faldas y este gorrito, Bensington, y larguémonos.
—¿Quiere usted decir…? —empezó a decir Bensington sacando la cabeza como una tortuga.
—¡Póngase esto y venga…! ¡Ya!
Y con súbita vehemencia, arrastrando a Bensington fuera de la cama, empezó a disfrazarlo de anciana mujer de pueblo.
Le arremangó los pantalones y le hizo quitarse las chinelas; le quitó él mismo el cuello, la corbata, la chaqueta y el chaleco, le pasó una blusa negra por la cabeza, le puso un corpiño de lanilla roja y un jubón por encima. Hizo que se quitara los lentes, demasiado caracterÃsticos, y le aplicó de un golpe el gorrito en la cabeza.
—PodrÃa ser usted una vieja de nacimiento —dijo mientras le ataba las cintas.
Luego le hizo ponerse las botas con cierre elástico —terrible tortura para los callos— y el chal, y el disfraz fue completo.
—Camine de un lado para otro —dijo Cossar.