El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Ya podéis imaginaros el rápido y trémulo avance de la anciana, con el fardo cogido por la descarnada y rugosa mano y la nariz (que era su más firme apoyo) arrugada en desalentada resolución. Podéis ver las amapolas de un sombrerito balanceándose rÃtmica y fatalÃsticamente, y las botas de cierre elástico, blancas de polvo, bajo sus desaseadas faldas, señalando con una irrevocablemente lenta alternativa hacia el Este y hacia el Oeste. Debajo del brazo, como un cautivo inquieto, se movÃa y se escurrÃa un paraguas barato. ¿Quién podÃa haber dicho al vicario que aquella grotesca figura de anciana era —al menos en lo que hacÃa referencia a su pueblo— nada menos que la FructÃfera Ocasión y lo Imprevisto, la Bruja que los hombres débiles llaman Destino? Pero nosotros ya sabemos que no era ni más ni menos que la señora Skinner.
Como iba muy cargada para poder saludar con cortesÃa, prefirió hacer como que no veÃa ni al vicario ni a su amigo, y asà pasó, flip-flop, a tres metros de ellos, siguiendo hacia el pueblo. El vicario contempló su lento tránsito en silencio y, mientras, maduró el planteamiento de una observación.
Un incidente le pareció desprovisto de toda importancia. La mitad femenina del género humano, aere perennius, ha estado llevando paquetes a cuestas desde el dÃa de la Creación. ¿Qué tenÃa, pues, de particular aquella anciana?