El alimento de los dioses
El alimento de los dioses No se sabe si pudo observar que aquellas esferas blancuzcas estaban esparcidas en el trayecto mismo que siguiera la anciana el dÃa anterior, o si notó que el último ejemplar de la serie se distendÃa y abultaba a menos de veinte metros de la verja de entrada al cottage de Caddles. Si llegó a observar todas estas cosas, no hizo el menor intento de anotar sus observaciones. Sus observaciones en cuestiones de botánica eran lo que la clase inferior de cientÃficos denomina «observación ejercitada», o sea, que se va en busca de determinadas cosas y se descuida de lo demás. Y tampoco hizo nada el vicario para relacionar este fenómeno con la notable expansión del niño de los Caddles, expansión que progresaba desde hacÃa varias semanas, exactamente desde un domingo por la tarde en que Caddles, de ello harÃa cosa de un mes o más, fue a visitar a su suegra y oyó cómo el señor Skinner (ahora difunto) se jactaba de su técnica para criar gallinas.