El alimento de los dioses

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IV

En verdad, el crecimiento exorbitante de los bejines, consecutivo a la expansión del niño de los Caddles, debería haber hecho abrir los ojos al vicario. El último de estos hechos mencionados, cronológicamente el primero, se le había echado en brazos cuando el bautizo… casi abrumadoramente.

El niño berreó con ensordecedora violencia al caer sobre su frente el agua fría que sellaba su herencia divina y su derecho a llamarse «Albert Edward Caddles». Se hallaba entonces más allá de toda posibilidad de acarreo materno, y Caddles, aunque tambaleándose, pero sonriendo triunfalmente a los demás padres, cuantitativamente inferiores, lo llevó de nuevo al banco ocupado por su grupo.

—¡Jamás vi a niño parecido! —exclamó el vicario. Éste fue el primer indicio público de que el niño de los Caddles, que había comenzado su carrera terrenal algo por debajo de los tres kilos y medio, intentaba, después de todo, hacer quedar bien a sus padres. Muy pronto se hizo evidente que no sólo aspiraba al crédito, sino a la gloria. Y al cabo de un mes, su gloria brillaba tan esplendente que hasta era, considerando la posición social en que se hallaban los Caddles, algo indecorosa.


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