El alimento de los dioses
El alimento de los dioses El carnicero pesó al niño once veces. Hombre de pocas palabras, pronto expresó su modo de pensar. La primera vez dijo: —Éste es de los buenos. La segunda vez murmuró: —¡Demonios!
Y la tercera vez exclamó: —¡Buuuueno, señora!
Después de esto, cada vez que volvió a pesarlo se limitó a dar un tremendo resoplido, a rascarse la cabeza y mirar las escalas con una desconfianza sin precedentes. Todo el mundo fue a ver al Gran Bebé —como lo llamaron con general consentimiento— y la mayoría de ellos dijeron:
—¡Es un barbarote!
Y casi todos le hicieron esta pregunta: —¿Qué te han hecho tus padres?
La señorita Fletcher también fue a verlo, y dijo:
—¡Ay, yo nunca…!
Lo cual era perfectamente cierto.
Lady Wondershoot, la tirana del pueblo, llegó el día siguiente de la tercera pesada e inspeccionó muy de cerca el fenómeno a través de unos lentes que la llenaron de terror.