El alimento de los dioses

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—¡Es tan difícil estar segura con esas gentes! —dijo Lady Wondershoot—. Y ahora desearía, mi buena señora Greenfield, que usted fuera allí esta tarde para ver… para ver cómo le dan el biberón. Por muy grande que sea, no puedo imaginarme que necesite más de tres litros al día.

—Realmente no hay necesidad, Milady —dijo la señora Greenfield.

La mano de Lady Wondershoot tembló con una especie de caritativa emoción, con la rabia suspicaz que conmueve a todos los aristócratas ante la idea de que posiblemente las clases más humildes sean, después de todo, tan mezquinas como las clases superiores y —¡ahí es donde escuece!— marquen también sus tantos en el juego.

Pero la señora Greenfield no pudo observar prueba alguna de malversación, y ordenó se facilitara una provisión progresivamente creciente al niño de Caddles. Acababa de enviarse a su destino apenas el primer lote, cuando Caddles estaba ya de vuelta en la gran mansión en un estado abyectamente culposo.

—Hemos tenido el mayor cuidado con las ropas, señora Greenfield, se lo aseguro, señora, ¡pero han estallado y se han roto! Han salido volando con tal violencia, señora, que un botón ha roto el cristal de una ventana, señora, y otro me dio a mí aquí… Véalo usted misma, señora.


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